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Historias, leyendas y paseos por lugares de la provincia de Segovia.

Aquella mañana, al llegar a la cuadra a atender a su ganado, su burro estaba de cuerpo presente. Esto es un decir, los burros dicen que no tienen alma, no se si por burros o por que no comulgan, el caso es que el burro estaba muerto y por estos lares, muerto el burro la cebada al rabo. Con la ayuda de unos vecinos lo llevaron al muladar, no sin esfuerzo, para que los buitres hicieran lo propio con el ,osease darse un festín, por que aunque viejo estaba gordito el jodio. Pero este señor tuvo la brillante idea de aprovecharse del difunto para intentar coger un buitre, sabe dios con que intenciones, abrió el burro por el vientre, saco todos sus metros y metros de tripas y demás órganos y pequeño él, se metió en esa cavidad maloliente y así, oculto, esperó a que los buitres llegaran a comerse el cadáver de su compañero de fatigas. Pasó más de una hora hasta que vio aproximarse a los comensales. En el mundo de los buitres hay jerarquías a la hora de empezar a comer y el primero que se aproximó fue un macho de muy buena talla y el tío Rosco, que así se llamaba el buen señor, le echó mano, sujetándolo tan fuerte como podía por las patas. El buitre, asustado y viéndose atrapado, empezó a aletear buscando cielo y libertad y el tío Rosco no soltaba ni pa tras y menos a esa cierta altura que le elevó semejante bicho. En estas pasaron las horas hasta hacerse la noche, cada cual con su desesperación, era ya cuestión de honor y de poder a poder, y dicen los de los pueblos cercanos, Sebúlcor, Valdesimonte, Consuegra, Sepúlveda, Urueñas, ... que en el cielo se veían unas siluetas con la luz de la luna y se oían unos lamentos que decían:

“Estrellitas del alba, lucero del amanecer,
el tío Rosco del Villar esta noche la va a joder”.


Gracias a Félix de Frutos por contármelo.

Era muy burro, bastante cabezota, tiraba coces, rebuznaba lo suyo, cagaba moñigas, en fin, casi como una persona.

–Señores pasajeros, abróchense los cinturones que vamos a despegar. –

Un escalofrió le recorrió todo el cuerpo, la emoción le invadió y una lágrima furtiva recorrió esas arrugas de su mejilla, de esa cara ya tan curtida que apenas quedaba sitio para una más. Si, era la primera vez que volaba pero su emoción no era por ese motivo, hace ya años también unas lagrimas recorrieron sus mejillas, pero estas eran tersas y sonrosadas, aquella vez, ya tan lejana en el tiempo pero a la vez tan presente en su recuerdos, sus padres le despedían desde esa parada del coche de línea de su pueblo, de donde partió esa madrugada en busca, no de aventuras de jovenzuelo, sino de un futuro, pues en el pueblo el futuro era incierto. Esa imagen no se le olvidó, sus padres, uno junto al otro donde un brazo de su padre consolaba a su madre y con el otro, agitándolo muy enérgicamente, le decía adiós y se tragaba sus lágrimas de hombre rudo de pueblo como podía. No les volvió a ver, dios santo, primero su madre murió y a los pocos años su padre, ese hombre nacido de la tierra y para ella. Si que llegaron telegramas pero ni a honrarlos pudo regresar.
Fueron años de penurias donde la vida lo arrinconó y se olvidó de que estaba allí. El océano es inmenso y el viaje en barco largo, donde las contradicciones se sopesaban, por un lado, dejar su hogar, por el otro, esas ganas de comerse el mundo y fue el mundo el que casi se lo come a él, pero un golpe de suerte le dio esta oportunidad de volver y, tal vez, quedarse en su pueblo natal para siempre. Fue su sueño durante muchos años y a sus sesenta años el destino ya no daba sorpresas.

– ¡Joder que recuerdos de mi pueblo, pasé en él dieciocho años pero que dieciocho años! –

Intensos como el olor de la hierva por la mañana, como los almendros en floración o el cocido de puchero al mediodía. Excitantes como esa primera vez que vas a segar con las primeras luces del amanecer, como la primera vez que tu padre te monta en la mula, tiernos como las propinas de tu abuela, emocionantes como el primer baile con esa chica en fiestas de camisa blanca. Clara se llamaba la chica, eso nunca se olvida.
Su pueblo, como todos, estaba en mitad del campo, como iba a ser si no, un arroyuelo lleno de cangrejos, ranas, berros y mosquitos lo cruzaba, en las afueras los chopos crecían a su alrededor, el mejor lugar de juegos y fantasías para un chaval en verano. Iban a coger ranas, se quitaban esas zapatillas y a por ellas.

– Pero Juan, ¿no has visto saltar esa gorda?–
– Siii, voy por ella, la tengo, la tengo – Y cuando la sacó del barro – ¡Ah una culebra! –

Y echaron todos a correr descalzos por entre los cardos como alma que lleva el diablo, el miedo es libre.
Pero siempre llevaban algo a casa, cangrejos, ranas, pájaros y, alguna vez que otra, los pantalones rotos y entonces la zapatilla de su madre les calentaba el culo, pero claro, chulillo que es uno,

– ¡no me ha dolido, no me ha dolido! – El palo de la escoba era mas serio.
– Señor, señor, ¿desea algo especial para comer?–
– No, gracias, cualquier cosa señorita. Creo que me he dormido y he perdido la noción del tiempo. ¿Me podría decir cuanto nos queda?–
– Estamos sobrevolando el atlántico desde hace cuatro horas, nos quedan aproximadamente otras cuatro.–
– Gracias.–

A esa comida le faltaban sabores, pero bueno, confortó su estomago que estaba un poco inquieto. Desde su partida del pueblo sus comidas fueron muy diferentes a las de su juventud, ansiaba probar de nuevo esas comidas a su llegada al pueblo. No es que sobrara en aquellos años, pero no faltó un buen potaje, o unas lentejas con ese espinazo del cerdo de la matanza, ¡que días esos de la matanza! Los dos últimos años su padre ya le enseñaba a destazar el cochino y veía como le miraba orgulloso al verle con el cuchillo.

– A veces me pregunto, si no me hubiera marchado ¿como me habría ido en el pueblo? Dejé solos a mis padres y por carta tenía contacto con ellos, pero me ocultaban su dolor por mi marcha.–

¡Cuantos años han pasado intentando volver! Pero el destino nos deslumbra de jóvenes y nos martiriza de mayores y casi sin darse cuenta su vida se le escapaba entre recuerdos y más recuerdos. Pero, ¿que futuro hubiera tenido en el pueblo?, la maquinaria se imponía y dejaba a las gentes sin esos jornales que tapaban los rotos del estomago. Aunque el destino tampoco fue muy complaciente con él en el extranjero, trabajo y más trabajo por un salario, si, hizo las américas, la tierra de las oportunidades, pero sus oportunidades no llegaron y que años más duros los primeros. Su juventud se fue al bajar del barco, si, se arrepintió muchas, muchas veces, añoraba su tierra, sus raíces, su familia, su gente, pero el tiempo pasa y pasa como el viento una y otra vez.

–Señores pasajeros, abróchense los cinturones que vamos a aterrizar. La hora actual en Madrid, España, las ocho treinta de la mañana y la temperatura en el exterior son seis grados sobre cero. Feliz estancia.–

No recordaba ya estos fríos que cortan la cara, aunque de pequeño, con esas nevadas, iba a la escuela con esos pantalones cortos, eran otros tiempos, lo mejor sería coger un taxi hasta el pueblo.
Era un mundo de locos, no sabía ni por donde andaba, viajeros y más viajeros, pasillos y más pasillos. Por fin vio un taxi.

–Si, si, no hay problema mi pueblo estará a unos ciento treinta kilómetros. ¡Dios mío! esto es de locos, coches y más coches, edificios y más edificios, ¡pero si no queda campo!–

Los kilómetros pasan y los edificios van desapareciendo, la sierra central se deja ver con ese manto de nieve en sus cumbres, pero esta no es la sierra que el veía desde su casa.

– Mi casa esta al otro lado, en los campos de cereal, donde la tierra era nuestra vida y la que nos acogía cuando nos la arrebata.–
– Señor este pueblo que usted dice está… –

El corazón le palpitaba rápidamente, por fin reconocía los terrenos, esa colina que veía al fondo era San Nicolás, en lo alto existían las ruinas de una ermita, de niños subían a ellas y se creían caballeros en su castillo. Debajo estaba la fuente del Sapo, de donde arrancaba un arroyo con buenos berros.

– Pare, pare, no entre dentro el pueblo. Quédese por a aquí, quisiera entrar paseando, lentamente. Reencontrarme poco a poco con mi pueblo.
La parada del coche de línea, aun creo ver a mis padres despidiéndome, en esta calle viven el Bonifacio y el Julián ¿que habrá sido de ellos?
La plaza, apenas quedan casas de las de antes, casi todas son nuevas y todo el piso de hormigón, en ese rincón había una olma con poyetes donde nos juntábamos bajo su sombra en verano y a su lado la fuente de los tres caños con su pilón para abrevar al ganado, ¿pero donde la habrán puesto? Como cambian las cosas, claro, yo me llevé la imagen de esos años, recuerdos que no han cambiado durante estos cincuenta años. ¿Y el arroyuelo? Joder, lo habrán entubado, no parece mi pueblo.–

Recorriendo esa calle se llegaba a la iglesia y junto a la iglesia el cementerio era su primera visita. Honrar a sus padres allí enterrados y dejarlos ese ramo de flores en sus tumbas. En las calles nadie, entre los visillos de una ventana creyó ver alguien mirándolo.

– ¡Dios mío! Cuantas casas nuevas y con tanto orden y concierto y no se ve ni un alma, serán casas para el verano pero han destrozado el mejor parque de juegos, las eras; el ganado por San Isidro, los primeros pastos y en verano el fruto del sudor de todo un año amontonado, cada cual en su sitio, legado de sus mayores generación tras generación. Esta calle la recorríamos en un plis plas y hoy se me hace agonizante.
La llave del cementerio, donde siempre, hay cosas que no cambian nunca. Tumbas y más tumbas y poquitas sin cuidar, joder, se murió el tío Fermín y este de al lado, su hijo, Mario, amigo mío de tropelías. ¡Madre mía! El tiempo no perdona. ¿Y estas tumbas tan desastradas?–

Una lágrima adulta seguida de un juvenil llanto afloró de su corazón, sus padres estaban allí, una tumba junto a la otra, como siempre en su vida, uno junto al otro, apoyándose siempre en sus pesares. Como un relámpago, un pensamiento le vino a su mente y cayendo de rodillas ante sus tumbas y rompiendo a llorar como un niño:

– Perdonadme, por Dios. Vuestro mayor pesar fue dejaros solos. Perdonarme, por Dios, esa juventud me traicionó–

En un instante sus recuerdos junto a ellos le pasaron por su mente y los vio sonrientes, como mirándole con esos ojos de ternura, como solo los padres saben reconfortar a sus hijos.
El tiempo pasó junto a sus tumbas como sin querer, no sabría decir cuanto tiempo, tal vez toda una juventud, unas flores dejaron testimonio de su paso y caminando hacia la puerta echó una mirada antes de cerrarla cuidadosamente. Cerró como para no perturbar su descanso y dejando la llave donde siempre, cabizbajo, retornó sobre sus pasos,ya no recordando aquella primavera correteando por esas calles, sino con la pesadez de un invierno, el suyo.

– Señores pasajeros, abróchense los cinturones, vamos a despegar… –





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